Sí, Mi Ama

Quien busque una historia de lujo y desenfreno puede dar media vuelta. Pese a que me encantaría disponer de los artilugios y los espacios de un señor con una habitación roja, yo no los tengo. Aunque tampoco me han hecho falta para doblegar a los hombres que se han puesto a mis pies. Soy una chica sencilla. Rondando la treintena. Si me ves por la calle, cuando voy a la compra, a mi trabajo, con mi pareja a tomar algo… ni te imaginarías lo que se esconde tras mi cara risueña.

Soy lo que muchos hombres ansían y lo que pocos encuentran. Sí, lo que muchos, más de los que sospecharías y más de los que imaginarías, desean en secreto. Soy una mujer Dominante y vivo de ello. Aunque cualquiera de las historias de mis encuentros laborales puede ser harto graciosa y esperpéntica, no quiero hablar de ellas. Ello me obligaría a pedir permiso a quienes me contratan y, obviamente, eso de pedir permiso no va conmigo.

Lo que os quiero contar es uno de mis encuentros eróticos. Una noche habitual en mi vida. Mi pareja y yo llevamos ya ocho años dentro del BDSM. Cualquiera diría que en 8 años la magia se agota, las ideas se esfuman y la originalidad se pierde. Pero no sucede así cuando la pasión es auténtica, y la mía lo es; tanto la que tengo por mi pareja como la que tengo por el BDSM.

No es del todo habitual que entre semana me lo curre de esta manera, pero aquel día fue especial, aquel día me sentía con energía extra y quise sorprenderle. La sorpresa, esa gran herramienta para la toma de control de la situación. Uno de mis fetiches. Actuar cuando no se me espera.

A fin de cuentas, dominar a un sumiso es un entrenamiento. Como aquel que se realiza con soldados, animales de diferentes tipos. Pretende ir perfeccionando su actitud y tu técnica, para así poder incrementar el disfrute.

Estaba esperando a mi pareja en nuestra amplia habitación. Batín de seda hasta medio muslo cerrado con un lazo, piernas desnudas y unos tacones de la marca Pleaser de tipo sandalia que dejaban al aire mis pies con una pedicura recién obtenida. ‘Bogotá Blackberry’ para mis uñas de OPI a juego con ‘Anonized Ruby’ de Sleek en mis labios. Escuché la puerta y me sonreí, sólo con media cara, esa sonrisa que le excita y a la vez tanto le aterra.

– Ya estoy en casa, ¿dónde estás, cariño?

– En la habitación – la sorna fue notoria en mi respuesta y su miedo se podía oler en el aire.

En cuanto vio mi cuerpo iluminado a media luz, mi sonrisa, mis brazos cruzados bajo mi pecho, no hubo que explicar nada. Lo bueno de un buen adiestramiento es que te ahorra charla estúpida. Él bajó la mirada y comenzó a desvestirse. De forma continuada pero pausada, queriendo ocultar su deseo; objetivo en el cual su pene ya le traicionaba.

– Yo también me alegro de verte. – él tenía claro que me dirigía a su pene, ni intentó mirarme.

Una vez desnudo completamente, se arrodilló, de piernas abiertas, con las palmas posadas boca arriba y la cabeza gacha. Me acerqué sigilosa y de camino cogí su collar y su correa, que se encontraban sobre la cama. Me agaché y mientras se lo abrochaba susurré: “Vamos a ver de qué eres capaz”.

Dándole la espalda y tirando de la correa tiré de él hacia la cama. Le ordené que se tumbara boca abajo. Una vez se dispuso, solté la correa, no sería necesaria tanta parafernalia hoy. Nuestra cama lucía maravillosa con la bajera de látex negra y las correas de sujeción. Primero até sus pies, después sus manos. Una vez inmovilizado, tirando de su collar para obligarle a mirarme le dije: “A cuatro patas”.

Ver a un hombre desnudo, depilado, con su pene duramente erecto, excitado y temeroso de qué vendrá después es una bella estampa de la que no todas las personas saben disfrutar. Pero no hay mayor deleite que saber que puedes hacer lo que sea, que su placer está en tus manos y que él se está entregando por completo.

Entre la cama y la pared a la que daba la espalda, nos cabía una mesita auxiliar, con ruedas. Tanta prisa tuvo el pobre que ni se fijó que estaba llena de juguetes, pero con un pañuelo que los cubría para que todos fuesen sorpresa. Moví la mesita auxiliar hasta media altura de la cama, sin decir ni una palabra, tarareando alguna canción que escuché ese día en la radio. Él seguía sudando.

De un tirón, cual hábil camarera de los años cincuenta, tiré del pañuelo y exclamé: “Tarán”. Pero era una trampa. Yo estaba ante la mesita auxiliar y era imposible que él viese nada. Di un giro de 180 grados y até el pañuelo sobre sus ojos para impedirle la visión: “La curiosidad mató al gato, minino mío”.

Me detuve un segundo a observarle. Era aún más atractivo. Su tez blanca contrastaba con el látex negro. Su nerviosismo con mi total dominio de la situación. Tomé dos de mis joyas favoritas: las pinzas japonesas. No hacen falta grandes instrumentos para generar dolores intensos. Me desaté la bata y me puse de rodillas tras su culo. Suspiró. Estaba excitadísimo y expectante.

Me acerqué y notó mi piel desnuda, su cuerpo se erizó: el juego comenzaba. Me deshice de la bata y con ella alrededor de su cuello tiré de él hacia mí. Siempre atado, pero siempre con margen de movimiento. A veces la inmovilización total es realmente divertida, otras veces es la entrega en su inmovilidad voluntaria lo que te hace disfrutar.

“Quédate así arrodillado un segundo”. Pinza izquierda, “aah”; pinza derecha, otro quejido similar. Posé mi mano derecha sobre su cabeza y la empujé suavemente, sin fuerza, para que él entendiera que quería que volviese a estar a cuatro patas.

Deslicé mi dedo índice y corazón por su espalda y fui a por el siguiente juguete a la mesita. La rueda de Waterberg. Otra de las herramientas pequeñas pero matonas. Primero la utilicé como quien simplemente quiere que le noten sobrevolando. Eso ya arqueó su espalda, acercando el culo contra mi pelvis. De repente las pinzas le dejaron de doler; había una nueva preocupación.

La segunda vuelta, en la que dibujé un ocho sobre su espalda fue más lenta, también más profunda. Esas vueltas en las que te das cuenta que la maldita ruedecita provoca un dolor muy agudo, pero también muy continuado. De las que dejan huella en la piel y en su recuerdo. “A la tercera va la vencida”. Firmé con mi nombre de Domme donde su espalda perdía su nombre. Despacio, sin prisa, provocando una mayor tensión en mi sumiso pero también el comienzo de un mayor nivel de excitación.

Acabado mi garabato, solté el juguete y me agarré a sus nalgas arañándolas: “Ahora vamos a igualar este culete”. La sonrisa malvada se me notaba en el tono de la voz, no hacía falta que él pudiera mirarme. Además, hay veces que cuanta más intriga se genere en la fase de espera, mejores resultados se obtienen. Ya me entendéis. Y si no me entendéis, ahora os lo explico.

Mis juguetes favoritos son la fusta y el flogger. Me gusta bastante el impact play, pero si es con un instrumento para que a mí no me pique la mano; mejor. Además, el flogger me permite mayor maniobrabilidad, sin tener que cambiar de posición puedo repartir a diestro y siniestro. Por eso él sabe que seguro que alguno uso u ambos… pero si no ve cuál usaré, su excitación aumenta. Así fue esta vez también.

Tras quitarle cuidadosamente las pinzas, ya que sus dientecitos hacen que realmente se incrusten en la piel, y acariciar suavemente sus pezones, fui a por mi juguete predilecto. Tomé el flogger, pero andaba pausadamente por la habitación sin ir directa a lo que sabía que ocurriría. Verifiqué asomando mi cabeza por un lateral a la altura de su pene: efectivamente, además de duro ahora estaba ‘babeante’. Para quien no lo haya visto jamás, es un espectáculo ver a un hombre chorreando de excitación, muy curioso. Es como verles derretirse… por ti.

 
 

“Tranquilo cachorro o acabarás antes de que empiece yo”, le tembló todo. Mi voz dulce y sarcástica a la vez puede ser una gran arma de seducción para quienes disfrutan de la humillación. Fui despacio detrás de él mientras él salía del escalofrío de placer que sintió al oír mi voz. “Cuéntalos conmigo, pequeño”. Fueron unos maravillosos azotes in crescendo. Nunca empiezo muy suave, pero siempre voy subiendo, como por escaloncitos, poquito a poco, dentro de sus límites. Viendo cómo le cuesta más centrarse en contar pero notando cómo se calienta más con los golpes.

Aunque excitado, se encontraba agotado y lo sabía. “Hoy no seré tannnn dura”. Volví a la mesita para, en contra de lo que tenía previsto, coger una crema que ya había dejado allí. Volví a la cama, esta vez a la par de su cara y le destapé los ojos. Eran devoción pura.

“Has sido muy buen chico, ahora descansaremos un poco antes de darte el premio, ¿sí?”, sonreí con la dulzura propia de la parte del cuidado. “Sí, mi Ama”. Le solté las manos, le ofrecí agua y después de que bebiera y le soltara los tobillos, le indiqué que se tumbara.

Excitado, dócil, dispuesto a todo. Era una estampa maravillosa a contemplar mientras yo reconfortaba su trasero con la crema que había cogido y lo amasaba con un masaje. Al dominar, no hay que ser una furia, hay que regular, adaptarse, ofrecer lo que cada cual necesita y en ese momento mi chico necesitaba un masaje y yo encantada de dárselo en su suculento culo. Una pena que no necesitase un mordisco.

Él gemía de placer mientras yo le dedicaba el masaje. Pero pronto llegaron un par de olores a su nariz y no pudo evitar la pregunta, así que antes de mirar donde nadie le había permitido, tomó la palabra: “¿Me permite una pregunta, mi Señora?”. Asentí dulcemente con un sonido de garganta mientras seguía masajeándole. “Huelo a jengibre, ¿estoy en lo cierto?”. Acabé de masajearle, intercambié la crema por el cacho de jengibre que estaba en parte pelado y me acerqué a la parte donde descansaba su cabeza otra vez. “Hueles bien, pareces un sabueso”, le dije guiñándole un ojo.

De camino a mi posición anterior, cogí un último juguetito. No hacía falta decir cuál era. Sabía de sobra que el único que le consolaría el calor que el jengibre provocaría en su interior sería el strap-on. Sin hacer que se volviera a poner a cuatro patas, le hice abrir sus piernas. Me relamí los labios solo de pensar en lo que venía.

Cuando introduces un par de centímetros de jengibre en el cuerpo de una persona, la reacción no es inmediata, pero sí rápida. Enseguida lo notó y quiso estremecerse, moverse, pero estaba prohibido. Ese era nuestro juego.

Mientras él quería poder hacer algo más que gimotear yo agitaba mi mano de forma que emitía casi una vibración, provocando que el jengibre vibrase dentro de él, tocándole por todas partes en su interior. El calor y el escozor eran insufribles. “Mi Ama, por favor” acertó a suplicar. “Sshhh”, él miró detrás mientras yo acompañaba mi respuesta con el dedo índice izquierdo sobre mi boca.

Dos minutos después el gimoteo ya era algo más que un sonido ahogado. Paré en seco, saqué el jengibre y mientras me ponía el arnés le dije: “Tranquilo cielo, ahora te apago el fuego”. Él no pudo evitar girarse para atenderme y aproveché la situación para escupir sobre el dildo de goma o más bien para dejar que mi saliva cayera. Aquello le volvía loco y le hacía soñar con que hiciese lo mismo con él.

Sonreía cual malvada de película mientras esparcía la saliva por todo el dildo. “Disfruta”. Fue mi última palabra. Palabra que le hizo gemir esperando la introducción del dildo en su ano. Fue paulatina, como todas las primeras entradas. Me eché sobre su espalda mientras seguía moviendo mis caderas suavemente. “Avísame cuando no puedas más”.

Su erección no podía ser mayor, ni tampoco su babeo. Él notaba su bajo vientre más que mojado por la reacción de su cuerpo a tanta estimulación. Sus gimoteos de escozor pasaron a ser gemidos de tranquilidad, de calma y de disfrute. Llevaba tiempo deseando el final y al fin estaba ahí. No sé si pasaron tres o cinco minutos, sé que no fue mucho y que yo llevaba al menos dos con un movimiento más intenso. “Señora…”, no acertó a acabar. Se escuchó una risa en mi garganta y me quité de golpe.

“Ooooh…”. Un orgasmo arruinado. Cuando orgasmas, pero no te acompañan en todo este proceso con más estimulación. Es como si alguien descorchase una botella de champán y luego no saliese con toda la potencia necesaria… No todo iba a ser disfrute en esta sesión, no solo en sus términos. Quien orgasma disfruta pero sólo a medias, es como un orgasmo sin toda la grandiosidad que se espera de él.

Me deshice de los tacones y del arnés. El seguía tumbado sobre su vientre. “Hazme hueco”, dije. Cuando se puso de lado se vio el charco que estaba medio pegado a su vientre. Pasé una toalla que tenía en la mesita sobre el mismo y me tumbé. Le miré a los ojos, le acaricié la mejilla y le susurré sonriente: “Has estado genial, pequeño”.

 

(Publicación original en: www.somospeculiares.com) 

Add Comment