Vacaciones con Claudia

Era verano. Pareceríamos una pareja de chicas “tan normal”. Ella acercaba en sus manos los tercios para las dos y la tapa.

-Aquí está, señorita -dijo posándolo en la mesa

Apreté el botón visible en la App abierta de mi móvil. 

Sus piernas temblaron.

-Sabes de sobra que es Señora y no señorita

Sonrió traviesa y se sentó con la mirada al suelo.

-Sí, Señora.

Hacía ya un par de años que Claudia y yo jugábamos de vez en cuando. En esta ocasión estábamos de escapada por Barcelona.

Ella quería conocer locales nuevos, a mí me encantaba consentirla.

Esa era nuestra última noche en la ciudad y la pasaríamos en la privacidad de nuestro hotel.

Según me despisté mientras ella se sentaba, Claudia estaba ya con la boca abierta y la lengua fuera, muy fuera. 

-Incorregible -dije sonriendo. Cogí un pequeño puñado de palomitas de la tapa y se las lancé una tras otra a la boca. Las cazó todas.

-Soy muy hábil, Señora.

-Sí, tener esa habilidad de abrir tanto la boca te ayuda mucho.

La clase de humillación que la derretía por dentro, precisamente por donde volvió a sentir una vibración provocada por mí.

-Un día deberías probarlo -haciéndose la ingenua

-Y tú el voto de silencio, bicheja. - me abalancé y la agarré por la barbilla - que a este paso vas a tener que empezar a cobrar aquí delante de todo el mundo.

Soné feroz y eso la hizo derretirse algo más.

Nos relajamos un poco. Aún estábamos en público y nuestras escenas podrían alterar a más de una y más de dos. Hablamos de lo bueno que fue aquel viaje, de lo que nos fastidiaba que se acabara ya y de las pocas ganas de volver a la rutina. Separadas por cientos de kilómetros y con horarios incompatibles.

-Será duro volver. – dije pensativa con la mirada perdida en el horizonte.

Claudia fue quien se abalanzó esta vez. No fue brusca, pero sí directa. Igual que aquel beso, directo a mi calor interno. – Nos vamos, ¿no? – dije en cuanto me liberó la boca.

Nos fuimos con paso apresurado y ligeras risillas. Cuando tienes alguien con quien todo fluye y encaja así… los nervios y las ganas aparecen a partes iguales.

Ya en la habitación de hotel, se desató la pasión. Yo estaba tumbada sobre ella. La besaba y mis manos se movían sobre su cuerpo a la misma velocidad que mi lengua.

Ella se retorcía y cuando ya notaba el calor de su vulva a través de la ropa decidí ir explorando con mi lengua su cuerpo. Según las manos descubrían centímetros de piel, ahí se acercaba mi lengua para saborearla. Claudia seguía retorciéndose de placer.

Cuando llegué a su vulva miré hacia arriba. Con esa simple mirada entendió que debía quitarse el culotte. Tras la ropa interior, cayó de su entrepierna el vibrador externo que un rato antes la torturaba; lo aparté a una esquina. 

Estiré el brazo con los dedos índice y corazón juntos. Tampoco hizo falta orden alguna. Abrió la boca, se los tragó y los humedeció.

-Vamos a ver cómo estás – dije mientras introducía lentamente los dedos dentro de ella; soló un gemido notorio, estaba rogando más.

Aceleré, casi hasta el límite, casi de golpe y paré en seco. Los ojos casi se le salían de las cuencas. Odiaba tanto como amaba mi maldad.

-Gírate – desnuda y a cuatro patas ante mí. Sabía que yo no era de dar todo el placer porque sí.

Me lancé sobre su espalda, clave las uñas a cada media espalda y susurré mientras bajaba suavemente “Para que no se te olvide”. El dolor la excitaba más. La espera la excitaba más y pensar en las marcas que se le quedarían, ¡eso ya la enloquecía!

Cogí el armbinder y la cuerda de algodón. Aprisioné sus brazos sobre su espalda y conectando la anilla final del armbinder con el cabecero de la cama, obligué el pequeño cuerpo de Claudia a una incomodísima postura. Su cabeza se hundía en la almohada, sus brazos estirados y en tensión, todo para exponer su trasero y su vulva. Jadeaba nerviosa esperando.

Armbinder

-Hay un juguete que querías probar hace tiempo, ¿recuerdas? - ¡prf, había tantos!

Preparé el siguiente juguete: una violet wand. Aún con la potencia máxima sólo daba un cosquilleo; pero eso en zonas de alta sensibilidad, estando expuesta y vulnerable… ¡era bastante!

En cuanto lo encendí se cortó su respiración; lo deseaba. Aunque fuese solo por la curiosidad.

Violet wand

Con la wand en una mano me acerqué y le aparté cada pierna a un lado. Acerqué poco a poco el juguete a su piel. En cuanto la distancia fue menor a dos centímetros empezó a sonar el chisporroteo. Ella removió sus piernas. Paré.

-Hace cosquillas, Señora.

-Genial, pequeña – Lo volví a acercar y se volvió a remover.

Intentaba moverse poco y cada vez conseguía estar más inmóvil. Yo me reía. Era incapaz de ver venir mi siguiente paso.

-Oh… ya no te hace efecto apenas. OK

Sin decir nada más, apagué el juguete, enchufé otro wand, este mucho más intenso, mi magic wand. Solté a Claudia del cabecero y le puse una especie de arnés en la cintura que al principio no entendió.

“A servir” se puso de rodillas con las piernas abiertas, los brazos aún a la espalda. Para cuando se dio cuenta estaba frente a ella con una mordaza de compleja estructura en la mano. Se la encajé en la cabeza y la até. Fue entonces, atándole la mordaza por detrás, cuando ella miró hacia acabo y emitió un ruido. Sabía para qué era el arnés y yo me reía:

-A ver si ahora te inmutas un poco más

Ajusté la parte inferior del arnés, metí el cabezal del magic wand y lo volví a ajustar. La presión contra la piel era obvia. Sus ojos lucían entre el pánico y la excitación: nunca había probado un juguete tan intenso.

Mientras la miraba, me cogí el cenicero de la mesilla, un cigarro y el mechero.

-Que comience el show – me encendí el cigarro y acto seguido encendí el magic wand en su mínima potencia.

Comenzó a gemir y a babear. Yo sonreía y disfrutaba con mis caladas lentas.

-Creo que voy a darle más caña a esta basura, apenas sacas ruido – vi el miedo en su cara.

Ya no podía evitar gemir alto, aún con la mordaza se notaba, gritaba, cerraba los ojos con fuerza.

El cigarro me duró poco. Cuando acabé, pausada, tranquila, apartando las cosas en la mesilla, me puse frente a ella, de rodillas también. Agarré el pelo que sobresalía por debajo del último amarre de la mordaza con cariño y la miré a los ojos.

-Hazlo para mí, bicho.

Me empecé a acariciar mi vulva mientras la miraba a los ojos. Fría, casi parecía impasible, estaba deseando ver la reacción de su cuerpo ante tanta estimulación. Siguió gimiendo, retorciéndose, sudando. Yo no tenía prisa, pero cada vez estaba más excitada.

Ella ya estaba llegando al orgasmo, ya se acercaba. Empezó a moverse más, como intentando mover su torso. Yo no la dejaba.

-Mírame a los ojos. Déjame disfrutarlo.

Los abrió de par en par, acuosos, mientras gimoteaba. Lamí la bola de la mordaza mientras la miraba fijamente. “Hazlo”. Lloró. Su voz se elevó más que nunca a pesar de la mordaza y rompió a llorar. Definitivamente aquello era el orgasmo más bestia que había vivido en la vida.

Mientras seguía convulsionando y acabando de recibir su orgasmo, yo llegaba al mío. Adoraba esa imagen. Ella estaba rota, rota por el placer. Había mojado el edredón bajo su vulva y no sólo de lágrimas.

Apagué disminuyendo poco a poco la potencia el magic wand. La liberé primero de la mordaza, después del armbinder y finalmente del armazón para la cintura. Como quien ha escalado un ochomil, con el cansancio de los días y del momento, nos metimos bajo el edredón y nos abrazamos.

Yo le aparté los pelos de la cara y le besé la frente. Ella se acercó aún más a mi cuerpo y hundió la cabeza en mi pecho. Brazos y piernas entrelazados. Pasamos así un tiempo. Hasta que salimos de la hibernación. Nos duchamos entre risas y fuimos a buscar donde cenar.

Sabíamos que pasaría tiempo hasta que nos volviésemos a ver, pero tampoco dejaríamos que eso nos borrase la sonrisa. Éramos más de vivir en el recuerdo de los momentos de lujuria que en el anhelo de volvernos a ver.

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