J’accuse…! – La chica que se hartó de ‘sexólogas cachondas’

Hoy vengo para quejarme. Para gruñir un poco. “¡Menudo retorno!” diréis. Pues sí, no lo puedo evitar… ¡es que ya no aguanto más! Hoy vengo a quejarme de una situación cada vez más común que crea un mayor desconocimiento tanto de la ciencia a la que pretendo dar voz como a mi propia profesión. Y tan lamentable situación no se lo debo a nadie más que a las que yo denomino como 'sexólogas cachondas'.

 
Podría hacer una lista de nicks, nombres y apellidos, pero prefiero quedarme en el nivel de intentar remover conciencias, que ya algunas manos y lenguas bastante se mueven de por sí también.
Prefiero exponer mi queja y mi argumento, antes que dar voz, luz y púlpito a quienes nunca desaprovechan una oportunidad para darse publicidad (siguiendo aquel lema de que la mala publicidad, también es publicidad).
 
No soy la única, ni la primera,… ni la última, me temo; que se vuelve irascible al ver semejante panorama. Porque, si ya es triste/cansino/repetitivo tener que lidiar con lo que la gente cree que es la sexología (tal y como lo señalaba la compañera Erika Salvatierra Urtasun en el siguiente artículo); imaginaos lo que es convivir con gente de tu profesión que contribuye a la creación de estas creencias mediante la imagen de 'la sexóloga cachonda'.
 
La 'sexóloga cachonda' es algo así como una jovencita de buen ver (aunque hoy en día con filtros, photoshop, maquillaje y de más virguerías todas somos de buen ver estético), que se dedica a la sexología, como una profesional seria que es… pero luego juega con el erotismo. En el mismo ámbito. Mezcla lo que para el resto es público y privado (incluso íntimo) y hace una sexología de 'txitxinabo'.
A fin de cuentas, la sexóloga cachonda es una alegría para la vista y una estafadora la mires por donde la mires. Ni es cachonda, ni es sexóloga. Es vendedora. Meramente. Malvendedora.
Un sujeto que pretende 'aprovecharse' de la mujer como reclamo publicitario en su rol tradicional de objeto sexual y sólo hace flaco favor a las mujeres, a las mujeres profesionales, a los profesionales de la sexología y a la sexología misma.
 
Porque una cosa es el baile de oferta y demanda (todo lo que un sexólogo puede ofrecer y las áreas de curiosidad concretas de quien se nos acerca). El juego entre lo que nos piden ('cómo follar bien' y poco más) y lo que podemos dar (otras gafas para comprender la amatoria y los deseos desde otra perspectiva). Y ver qué resultado sale de ahí.
Otra cosa, bien distinta, es colaborar, activamente, al desconocimiento sobre la profesión y la propia ciencia a cambio de un puñado de… ¿followers, visitas, retuits…? Hacer que, a diferencia de en cualquier otra profesión, se mezcle mi yo profesional y mi yo erótico.
 
Bastante nos cuesta cuidar de nuestra ciencia, de nuestra profesión, como para que, encima, por mero afán publicitario, la bombardeemos desde dentro.
 
Igual hay quien crea que soy una gruñona, una amargada y una quejica pero, sinceramente, si “tengo una profesión como las demás”, no entiendo porqué pasa que hay gente de mi gremio que juega con el erotismo y, sin embargo, no veo a ningún carnicero haciendo chistes de su “jugosa salchicha”, ni veo a ginecólogas haciendo strip-tease para fomentar el autoconocimiento del cuerpo femenino.
 
Me he cansado de este juego en el que todo vale, hasta tirar piedras a tu propio tejado. Y sólo espero que quienes juegan a este extraño rol difuso recuerde que quien siembra vientos, recoge tempestades.

 

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