Hacer, tener, ser

“Ah, así que, eres sexólogo, ¡eh!” (con una sonrisa burlona);  “Pero… ¿¡qué aprendéis!? ¿¡posturas!?” (confuso); “¡Ah! Y, ¿tú das masajes y esas cosas, entonces?” (haciéndose la comprensiva tras entender que un sexólogo y alguien que se dedica a la prostitución es lo mismo);… Éstas son sólo algunas de las reacciones que he recibido desde que comencé mi andadura en la sexología cada vez que intento explicar 'qué soy' a la gente.
 
La confusión y el desconocimiento son las principales causas de que quienes hemos cursado estudios en Sexología recibamos respuestas de este tipo. Por eso mismo, este segundo artículo, tendrá como objetivo aclarar qué es eso de 'la sexología', aclarando, como no, qué  es eso de los sexos. Sí, eso de los sexos, y no eso del sexo.
Pero, para eso, primero tenemos que rebobinar y partir de la pregunta: ¿a qué se refiere la gente cuando habla de 'sexo'?

 

 
¿Por qué lo llaman 'sexo' cuando quieren decir 'jodienda'?
 Desde que alguien inventó el concepto de 'sexología' siempre ha habido gente que se cree que no es más que 'jodiendología'. Como no, según que entendieran como 'jodienda', acababan con una opinión u otra sobre los sexólogos.
 Es decir, partiendo del sexo como algo que se hace, el trabajo del sexólogo se estrecha a un campo bastante concreto, aunque dependiendo del concepto de cada uno de “lo que se hace” o “lo que se tiene que hacer”, puede variar. Para una persona cuya vida erótica se límite a la penetración vaginal, el sexólogo trata poco más que “problemas del meter”.
Para alguien que lo ve como “algo más”; pues somos vendedores de “Kamasutra”-s.
Aunque, ¡ojo! También los hay quienes, creyendo que lo que se hace es algo más que meter, critican la sexología por ser, a sus ojos, una ciencia empeñada en el meter… ¡Qué poco nos conocemos unos y otros con todo lo que nos criticamos!
 
Retomemos el hilo. Desde esta forma de entender el sexo, por tanto, parece que los sexólogos somos los que dicen qué está “bien hecho” y qué no lo está. Poco más que “los que enseñan a hacerlo bien” (¿”Hacerlo”el qué? Pues a gusto del consumidor, vaya).
Somos, por tanto, los responsables de la creación de todas esas categorías diagnósticas y de todos esos males, creando límites infranqueables y cuantitativos; “tienes que durar mínimo esto”, “máximo tal”, “hay que disfrutar… tanto y así; pero nunca de esta otra forma”…
Es más, muchos de nosotros, cuando nos acercamos por primera vez a esto, no teníamos otra cosa en la cabeza que lo que se hacía en mente. Ya bastante intriga nos daba tooooooodo ese campo por descubrir. Algunos hasta nos hacíamos preguntas como Freud: ¿¿qué será lo normal?? ¿seré yo normal??... Total, para llegar y darnos cuenta que el sexo no es esto. Y que el sexo va en plural.
 
Eso que nos cuelga o nos deja de colgar
 De eufemismos está lleno el mundo y a alguien se le ocurrió que “sexo” era un buen eufemismo para la palabra “genital”. Así, el mundo se llenó de expresiones que, además de esconder la palabra “genital” (o “perigenital”) detrás, dejaba a estos en muy mal lugar: “abuso sexual”, “acoso sexual”, “agresión sexual” (por cierto, sería
interesante hablar también del lío que tenemos entre sexual y sexista, pero eso no toca ahora), Enfermedad de Transmisión Sexual…
 
Y diréis algunos, y, ¿por qué enfadarse tanto con esto? Lo primero, porque parece que “sexual” cada día coge un mayor campo de lo negativo y menos de lo positivo (deseo, atracción, excitación,…). En segundo lugar, porque es importante llamar a las cosas por su nombre para evitar que acabemos teniendo una sociedad capaz de decir los mayores insultos por su boquita y sonrojarse al leer “pene” o “vulva” (sí, sí, vulva, porque vagina es sólo una de las aperturas). Y, tercero y el más importante, porque al llamar sexo a los genitales, volvemos a la trampa. Ahora lo explico:
Si llamamos sexo a los genitales y luego decimos que la sexualidad es una “cosa” súper-mega-hiper-importante… Pues, ¡ya está! Ya la hemos vuelto a liar. Resulta que lo importante es lo que se hace con los genitales. Aquí, los más imaginativos verán mucho campo por explorar, pero los obcecados… volverán al meter.
 
Con todo esto, no quiero menospreciar los genitales, para nada, e incluso, todo lo contrario, pues llamando a las cosas por su nombre y poniéndolas donde las corresponde es donde realmente podemos valorarlas como lo que realmente son; sin menosprecios ni sobre-valoraciones.
 
Pero, entonces,… seguimos sin respuesta: ¿qué es el sexo?
 
El cambio de sexo
Con este malicioso título os quiero llevar a lo que el sexo realmente es… Por un lado, para subrayar que el cambio mismo del sentido se ha dado tantas veces que ya casi se ha perdido la noción que vengo a recuperar. Por otro lado, porque este significado que a los sexólogos sustantivos nos gusta está relacionado con esa expresión… fatal construida.
 El sexo es, por tanto, la cualidad de ser hombres y mujeres. Y, ¡ojito! Porque tiene su importancia escribirlo en conjuntivo (hombre Y mujeres) y no en disyuntivo (hombres O mujeres).
 
Para la sexología, el sentir es uno de los pocos niveles de sexuación que se construye de forma disyuntiva (me siento –luego, soy- hombre O mujer). Sin embargo, eso no nos lleva a tener que ser, a la fuerza, un determinado modelo de mujer o de hombre. Es más, es imposible. Si hiciésemos una lista con las 100 o 1000 cualidades necesarias para ser mujer/hombre en nuestra sociedad sólo una extrañísima minoría reuniría la gran mayoría de estas cualidades.
Es decir, la gran mayoría de la gente no somos, ni seremos (y muchos ya somos conscientes de que ni importa serlo) la mujer y el hombre perfectos. En esto, la Sexología va de la mano con la perspectiva feminista que denuncia que “es imposible (e inaceptable) pretender adaptarse completamente a los roles de género prediseñados a cada sexo”.
 
Por tanto, mediante el sexo, sexuándonos, nos volvemos únicos e irrepetibles, porque cada cual es la combinación de rosas y azules que es. Así, cada cual construye su pared de ladrillos con rosas palo, rosas chicle, rosas fucsia, azules turquesa, azules cielo, azules añil, violetas y púrpuras,… sexuándose cada día y reconstruyéndose a lo largo de su vida.
 
Esto es el sexo, nuestra compleja construcción como seres sexuados, como sujetos con un sentir y unas determinadas características (biológicas, psicológicas y
sociales). Y a estos sexos no contribuyen ni lo que nos cuelga o nos deja de colgar. Puesto que los genitales son una característica más como sujetos sexuados y NO “la característica que nos hace sexuados”. Ni lo que hacemos o dejamos de hacer, porque no por sentirnos hombres o sentirnos mujeres debemos hacer unas cosas, ni dentro ni fuera de la cama.
 
Resumiendo, que es gerundio
¿Por qué poner este significado de los  sexos como importante y originario? Porque sólo de esta forma podemos construir modelos de ser hombres y mujeres tan variados como numerosos son los hombres y las mujeres en el mundo.
 
Si partimos de que para ser hombre o para ser mujer hay que hacer algo o de que hay que tener algo, estamos pretendiendo decir quién puede ser qué y
las formas para serlo serán excluyentes
.
No obstante, si partimos desde el sentirse para luego construirse según uno prefiera, lo único obligatorio es aquello que cualquiera que se autoproclama hombre o mujer ya tiene: la identidad.
          
 
 
 
Entonces, ¿qué pasa con el género?
Dando ya por zanjado el tema de “a qué se dedica un sexólogo” (a los sexos y aquello que de la existencia sexuada deriva), quiero contestar a un par de preguntas que sé que habrán aparecido.
 
Bien, el esquema sexo-género es un esquema que, si bien da muchas riquezas y ha servido para muchas reivindicaciones, sigue siendo un esquema binario con todo lo que ello conlleva.
Tras este binarismo no hay más que el eterno: cuerpo-alma, natural-cultural,… además, demasiadas veces, como en la Edad Media, como si uno fuera lo malo y repudiable y lo otro lo bueno y lo que se debe promover. Y también, cómo no, lo uno a veces inamovible y lo otro lo flexible.
 
Si seguimos este sendero, caemos en una interminable discusión en la que cada cual quiere defender algo y se cree que por defender ese algo está radicalmente en oposición contra el otro. Para ello, los argumentos de cada cual, como no, salen de estudios interesados en descubrir determinadas conclusiones. Por eso, quiero dejar esa eterna discusión de lado y situarnos en otro lugar.
Está claro que sin la aparición del concepto género y sin las denuncias de trato desigual por sexo adscrito al nacer (que no el sexo sentido), poco hubiésemos avanzado. Sin embargo, todas estas denuncias comenzaron ya con “El segundo sexo”, libro de Simone De Beauvoir en el que esto que hoy en día llamamos género se comprendía como una parte del sujeto sexuado. Y ahí es donde lo seguimos ubicando los sexólogos sustantivos.
 
¿Por qué? Porque en “x” proporción por naturaleza y en “x” proporción por cultura o, mejor dicho, por una compleja mezcla de naturaleza y cultura y naturaleza culturizada y cultura naturalizada, llegamos a ser la totalidad que somos. Por tanto, ni considero que todo es bio ni todo es psico-socio; todo es maraña que se entremezcla.
 
Además, sabemos lo suficiente como para afirmar que la relación entre estos que hemos construido como “dos mundos” no es de dos mundos que se chocan con un muro de entre medio, sino de dos mundos en constante interrelación e interactuando.

 Por todo esto, no considero que la sexología sea poco feminista, pero sí que no siga un feminismo que crea en la tábula rasa, no por la inherente y antagónica diferencia entre hombres y mujeres, que es inexistente en esos términos, sino porque, nos guste o no, cada uno en su única e irrepetible forma de ser, somos todos cuerpo. 

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