¡Mamá, yo de mayor quiero ser Asistente Sexual!

 Por muy marciano que os suene esta frase puede ser mucho más común de lo que creéis en breves. Tal como señalaba un artículo de hace un par de semanas en “El diario” “España esta despertando ante esta realidad”… pero, ¿qué realidad?

 
Casi ha pasado un año desde las II  Jornadas de Sexología Sustantiva: la figura del Asistente Sexual o Surrogate organizadas por ISESUS. Pero el debate parece que se quedó allí, entre las cuatro paredes y el techo que las recogían. Atascado y sin futuro. Mientras, los medios ya han tomado por positiva una de las definiciones y una de las funciones del Asistente Sexual haciendo, una vez más, referencia a la más liante que aclaratoria película de “Las sesiones”. Pero replanteémonos qué es un Asistente Sexual y cuáles son sus potencialidades.
 
Lo primero, de ahora en adelante  hablaré de Asistentes Eróticos, y no sexuales. Pues si utilizamos vocabulario erróneo, promovemos ideas erróneas. Puesto que son personas que pretenden abrir las puertas de los encuentros eróticos y el autoconocimiento a otras… a otras que, creo, no siempre sean personas con discapacidad.
 
 Ya en aquellas jornadas se hizo mucho lío entre conceptos, así que trataré de hacer una presentación y defensa lo más breve y clara posible.
 
 Un Asistente Erótico se plantea desde el marco de la Sexología Sustantiva como un tercer pilar de la terapia. Una persona que ayuda a encuadrar el proceso terapéutico cuando, por razones del caso, se requiere de una pareja erótica con quien realizar este aprendizaje y no se tiene por otras vías. Puesto que, por más que se entrene y se aprenda en solitario, sabemos de sobra que hay muchas dificultades que donde realmente se ponen a prueba es en el contexto del encuentro erótico compartido. Es decir, en pareja (o grupo). Y qué mejor que contar con una persona preparada para los ritmos necesarios en terapia para ello.
Esto es un Asistente Erótico Terapéutico. Terapéutico porque se lo supone un apoyo en un proceso del mismo tipo. Por tanto, es temporal. Es un bastón que desaparecerá. Y su tinte terapéutico tiene que ver con ese proceso y no con la persona que participa en el proceso. Es decir, atiende a personas con y sin discapacidad.
 
Sin embargo, la petición mayoritaria y que ya se ha puesto en marcha en España, coge como inspiración esta figura que aparece en la película Las Sesiones y la transforma en una figura para las personas con discapacidad.
 
Entiendo que las dificultades son muchas, más amplias y mayores que las de una persona sin discapacidad (al menos, a priori). Pero proponer como alternativa a encuentros eróticos la asistencia de este tipo no me parece un avance total. Con esta medida, si bien a veces necesaria, de gran ayuda y enriquecimiento, sólo se obtiene reforzar y reproducir el esquema que presupone a las personas con discapacidad como in-deseables y, en cierto sentido, no-deseantes. Lo planteamos como “cubrir unas necesidades básicas” y menospreciamos sus necesidades al igual que menospreciamos el complejo mundo de los deseos.
Pensar que, “claro, como no pueden ligar, les ponemos (nosotros, los de la no-discapacidad) ese servicio y ya hemos hecho la buena azaña del día”, es limitar la erótica del resto y no ver al asistente como la figura de empoderamiento que puede llegar a ser.
 
Tal vez sea necesario plantearse al Asistente Erótico como una figura abierta a todo tipo de personas con dificultades para los encuentros eróticos. Pero claro, si lo planteamos así ya a casi nadie se le ocurriría proponerlo como un servicio que el Estado debiera facilitar… Y de repente nos suena demasiado a prostitución. Y nos asusta. Y lo rechazamos.
 
Mi recomendación sería clara: más debate y más reflexion sobre qué figuras queremos, cómo las queremos, desde dónde las planteamos y ver si dibujándolas como lo hacemos conseguimos lo que buscábamos.
Creo que esta reflexión sería de gran ayuda tanto a profesionales de la sexología, que actualmente se ven con dificultades de utilizar los recursos de asistentes, como a los grupos de personas con discapacidad que denuncian otras necesidades.
Pero, sin ella, acabaremos en un asistencialismo que, como suele, de vez en cuando resultará empoderador; pero no siempre, como queremos tanto unxs como otrxs, profesionales de la sexología como colectivos de personas con discapacidad.
 

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